miércoles, 4 de abril de 2012

¡Qué asco que me da Percy Fernández!



María Galindo

Toda la indignación social que ha causado el acto de humillación, denigración, manoseo y acoso por parte de Percy Fernández contra la ex presidenta del Concejo Municipal de Santa Cruz ha derivado en una interpretación machista nuevamente: justificando por un lado el acto como un hecho producto de una mente senil, es decir enferma, y como un acto tolerado por la víctima y, por lo tanto, como un acto del cual termina nomás siendo responsable la mujer que lo soporta.

El acto de Percy Fernández no es producto de una enfermedad mental, sino del machismo, punto. En nuestra sociedad la política tiene como uno de sus contenidos más importantes el privilegio del caudillo de disponer de los cuerpos de todas las mujeres del país, de la ciudad o de la región. Cuando Percy se disculpó, volvió a cometer un acto de violencia contra las mujeres, porque no reconoció que lo que hizo fue una falta de respeto, sino que para él fue natural y parte de su territorio toquetear el poto de su presidenta del Concejo.

Tampoco para Evo Morales ni para ningún integrante de su Gobierno hubo falta de respeto en las coplas, sino que la denuncia presentada por Mujeres Creando fue desestimada por el Ministerio de Culturas desconociendo el acto de machismo.

Ambas cuestiones son la misma cosa, una viene de la derecha y la otra viene de la izquierda, y juntas ratifican el contenido de nuestro grafiti: no hay nada más parecido a un machista de derecha que un machista de izquierda y los indígenas la misma pistola.

Si Desiré Bravo acepta la humillación como parte de su trato político o las ministras, diputadas y senadoras aceptaron en su momento la denigración como parte de su pacto político, eso no redime el acto, no justifica la humillación, ni las convierte en responsables del machismo. El responsable sigue siendo quien comete el acto, en este caso Percy Fernández y Evo Morales, decir lo contrario vuelve a culpabilizar a las mujeres del machismo que hay en la sociedad.

Lo que si queda en evidencia es que ninguna mujer que forma parte del esquema de poder partidario representa ni el más mínimo resquebrajamiento de la estructura patriarcal de poder.

Al contrario y de manera perversa muchas, sino la mayor parte de esas mujeres, han sido escogidas por los patriarcas como una contraparte femenina que sirve para reforzar sus valores machistas. Justificaron a sus respectivos caudillos porque no se sintieron ofendidas, ni afectadas en su dignidad, simplemente porque para ocupar esos cargos se despojaron de ella. Ése fue un requisito tácito pre-establecido para no ser frente al poder patriarcal una mujer incómoda, conflictiva e indeseable y poder convertirse en compañera válida y bienvenida.

Esa complicidad de la víctima con el victimador no convierte al victimador en inocente, ni a la víctima en culpable.

Por otro lado, aunque los valores patriarcales de la sociedad no lo reconocen y las mujeres en realidad cuasi no existimos, sino a través de la mirada, la palabra y la voluntad masculina, las mujeres constituimos un sujeto y es por eso que la violencia ejercida contra Desiré Bravo recae de ella contra todas las mujeres y especialmente contra las mujeres cruceñas. Lo mismo que la violencia que ejerció Evo Morales recayó de las ministras al conjunto de las mujeres bolivianas, degradándonos a todas al mismo tiempo.

Al mismo tiempo, así como esa violencia impacta sobre el conjunto de las mujeres de la sociedad y cada vez que la imagen se repite en la pantalla, lo que se hace es reeditarla, esa misma imagen exalta todas las violencias que vivimos cotidianamente las mujeres en la sociedad.

El único remedio es el acto público de repudio por parte de las mujeres, el asco que podemos expresar y sentir. Vomitar públicamente en las puertas de la Alcaldía de Santa Cruz, llevar destapadores de baño para la cabeza del alcalde, pintar todito Santa Cruz con nuestros grafitis. Nuestro asco, remedia y redime nuestra dignidad y nuestra rebeldía sirve como antídoto despertador de las rebeldías de más y más mujeres. Por eso somos peligrosas, indeseables y subversivas. Una vez más hay que decir no queremos cuotas de mujeres dentro del sistema, lo que queremos es cambiar el sistema y éste es un ejemplo perfecto para decirlo.


María Galindo es miembro de Mujeres Creando.


Nota original: http://www.paginasiete.bo/2012-04-04/Opinion/Destacados/17Opi00104-04-12-P720120404MIE.aspx

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