Carlos D. Mesa
- Si ya nada nos sorprende, si ya todo es posible, poco es lo que se puede esperar de la ilusión y la necesidad vital de construir valores esenciales en las nuevas generaciones.
Si una autoridad puede tocar las nalgas de una concejala mientras ésta habla en público y no pasa nada, si se puede decir que las necesidades están por encima de la ley y no pasa nada, si se puede afirmar que como los celulares son “artículos de primera necesidad” deben estar libres de impuestos y no pasa nada, si se puede afirmar que los asambleístas aprueban leyes inconstitucionales a sabiendas y no pasa nada, si se puede exigir que todos los funcionarios públicos juren al partido de gobierno para garantizar su “lealtad” al proceso de cambio y no pasa nada, si los más altos jefes militares pueden asistir de uniforme a un congreso del partido de gobierno y no pasa nada, ¿será razonable pensar que somos capaces de transmitir una ética básica a nuestros hijos?
La sociedad boliviana padece un mal profundo, y de tanto padecerlo comienza a regodearse en él. Empieza a creer que en realidad quienes están mal son los otros, y que esta forma desordenada, atrabiliaria, brutal a veces, es deseable.
¿Cómo se comprendería si no la rutina de la anomia, la del desafío irresponsable al imperio de la ley y del buen sentido?
Debemos tomar conciencia de que vamos en un camino acelerado de desinstitucionalización, y que esa situación está más allá de posiciones políticas, de gobierno u oposición, está en el corazón de nuestros déficits como colectividad.
En esta batalla sin tregua entre tirios y troyanos, seguimos equivocando el objetivo. No parece cuerdo que el “todo vale” pase por alto algo tan elemental como la lógica de causa y efecto, acción y consecuencia de la acción. Si la impunidad es la carta que esgrimimos por la razón que sea, estamos condenados.
No puede ser carta de impunidad reivindicar el proceso de cambio, no puede serlo reivindicar la oposición a la autocracia, no puede serlo el ser pobre, no puede serlo argumentar que la causa que se defiende es justa, no puede serlo el que en carnaval vale todo, no puede serlo afirmar que era simplemente una broma, no puede serlo decir que antes era igual o peor.
Reflexiono sobre lo escrito y me pregunto: ¿no escribí cosas muy similares en otras columnas como ésta? Sí. ¿No está ya de buen tamaño? No. No está de buen tamaño. Nunca estará de buen tamaño el defender sin tregua y sin rendirse principios sin los que será imposible construir un futuro mejor para todos. ¿Por qué debiéramos resignarnos a que nuestros hijos y los que ellos engendren repitan esta rueda ciega?, la de una comunidad humana que da vueltas y vueltas pisando su mismo barro, tropezando en las mismas piedras e insistiendo en hacerlo con los ojos vendados.
Es un imperativo comprender que no hay fuerza ideológica alguna que justifique el desorden, el camino voluntario al abismo. Y lo más importante, es un imperativo terminar con el discurso de que el “cambio”, concepto cada vez más vaciado de contenidos mejor o peor adornado, sea el justificativo de la repetición de lo mismo siempre.
Quienes hemos hecho política en Bolivia, quienes hoy la hacen, tanto desde el Gobierno como desde la oposición, sabemos perfectamente que a estas alturas está claro que se están repitiendo los mismos vicios del pasado. Podríamos perfectamente tomar el discurso de algún inflamado revolucionario de hace 60 años y transcribirlo con puntos y comas, argumentando a favor de una u otra arbitrariedad a título de la necesidad de terminar con un tiempo de injusticias que dé pie a una nueva sociedad. La cantidad de actos irregulares, corrupción de espíritus, cooptación y compra de conciencias que a nombre de ese nuevo horizonte se hicieron y se siguen haciendo, no se detiene.
¿Dónde está el cambio en el comportamiento básico de los bolivianos? ¿Podemos decir con transparencia que esta sociedad ha cambiado su forma de proceder para mejor? Por supuesto que no. Repetimos consignas y a fuerza de repetirlas nos queremos convencer de que vamos camino al paraíso.
No será un mejor país mientras poco o nada de lo que hacemos esté apoyado en el respeto a la ley. La ley, las leyes, son entre nosotros una gigantesca montaña de espejitos de colores, con ella anestesiamos la evidencia del desorden y la anarquía que en Bolivia parecen ser inherentes a “nuestra identidad”.
Nada cambiará si no cambiamos la base misma de nuestros principios. Nada cambiará si en vez de retórica revolucionaria, liberadora, descolonizadora y transformadora en nuestra principal ley educativa, no revolucionamos nuestro comportamiento para poder transmitirle a nuestros niños valores que sean una combinación de dos cosas, algo en lo que creemos y algo que practicamos. Por ahora estamos bastante lejos de eso. Mientras tanto, para alegría de algunos, ¡no pasa nada!
Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.

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