jueves, 19 de abril de 2012

Un policía apedreador

María Teresa Zegada



    Hace pocos días salió una sugerente foto en la portada del periódico Los Tiempos de Cochabamba, a raíz de un enfrentamiento que hubo en esta ciudad entre conductores de radiotaxi, que propiciaban un paro movilizado con bloqueos en zonas estratégicas de la ciudad, y policías que intentaban desbloquear las rutas. 

    Lo curioso de esta foto es que si bien en el lado izquierdo se ve un taxista bloqueador con una piedra en la mano intentando apuntar a una grúa que retiraba los móviles apostados en la esquina, en la parte derecha de la foto se ve a un policía, obviamente uniformado de los pies a la cabeza, también con una piedra en la mano que está a punto de lanzarla contra un taxi. De hecho, entre los saldos de la movilización -que duró apenas unas horas- había varios taxistas detenidos y también varios radiotaxis con los vidrios rotos. 

    Como en todo, se pueden ensayar varias especulaciones al respecto. Es posible que algunos policías, en especial el que aparece en la foto, hayan tenido un pasado de estudiante universitario habituado a lanzar piedras en situaciones de confrontación y, en esta ocasión, simplemente fue traicionado por su inconsciente. Puede ser también que alguna vez quiso ser conductor de taxi pero la vida por razones que desconocemos terminó reclutándolo en las fuerzas del orden y guardaba cierta deuda con su historia personal. 

    Las conjeturas menos politizadas podrían aducir el pasado deportivo del policía lanzador de balas o jabalinas en competencias de atletismo; por último, una interpretación realista podría explicar esta actitud por la falta de equipamiento policial antimotines, que a falta de laques o armas lanza-gases, buenas están las piedras. ¿O se tratará de una suerte de “síndrome de Estocolmo” en que el policía, solidarizado con los bloqueadores, daría un giro repentino a la orientación de su piedra para atacar a su propia grúa?

    En todo caso, esta imagen refleja una situación ciertamente crítica que se ha estado verificando en el país en escenarios de conflictividad social: un flagrante despiste de las fuerzas del orden en escenarios de confrontación y violencia, pues en unos casos no acuden a imponer orden cuando se producen situaciones de enfrentamiento entre ciudadanos dejando costos humanos a veces muy elevados; en otros casos intervienen con inusitada agresividad y escasa imaginación, y sin una responsabilidad clara respecto a quien tomó la decisión, y al parecer terminan obedeciendo a su propia intuición -o más bien instinto-, como el 25 de septiembre pasado en Yucumo contra la marcha indígena, y -por último- se confunden a tal punto con la situación que terminan actuando con la misma actitud de los bloqueadores, como en el caso que acabamos de describir en Cochabamba.

    Se supone que las fuerzas del orden responden a una dirección política determinada que proviene de las autoridades jerárquicas del Estado, al menos ése es el mandato constitucional; sin embargo, la lógica de dichas autoridades no parece estar nada clara al respecto. Es un alto riesgo dejar a iniciativa de quienes comandan la “represión” de un evento social determinado la responsabilidad de dichos actos. De ninguna manera se insinúa fomentar la represión contra la sociedad, pero sí se exige coherencia y mecanismos democráticos si se pretende defender los derechos ciudadanos o evitar actos de violencia.


    María Teresa Zegada es socióloga.

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