Grover Yapura
- Algo anda mal cuando en el tablero de ajedrez, el rey es protagonista en todas las líneas, al punto que en las otras fichas del juego sus atributos se reducen a los de un peón. Y ya resulta inconcebible que en una partida de ajedrez, las piezas de una misma ficha juegan contra sí mismas. Es decir, negras contra negras o blancas contra blancas.
Sin embargo, esas figuras se hacen objetivas en el sistema político boliviano. El país es un laboratorio de las paradojas, donde se producen resultados insólitos.
A nivel nacional, cuando no hay oposición se busca a alguien para generar conflicto. Quizás por esa obsesión del conflicto, ahora el partido de Gobierno busca a los enemigos internos. Ésos que han sido “infiltrados” por cadáveres insepultos, los de la política tradicional.
Aquel comportamiento también se repite a nivel regional y local.
Ciertamente, La Paz es la sede de Gobierno, pero es parte de un país con diversidades, matices y contradicciones políticas. Un dirigente la ha llamado la capitana de Bolivia, pero un líder que hegemoniza la acción política convierte las proyecciones de las regiones en frustraciones peligrosas.
El avance de la democracia permite que los protagonistas sean cada vez más numerosos y diversos. Los partidos políticos no son los únicos interlocutores; finalmente se ha reconocido el papel de los sindicatos, aunque hoy algunos -conocidos como movimientos sociales- que tienen preeminencia sobre otros. Sin embargo, aún no se legitima el papel de otras expresiones de ciudadanía, el de las regiones.
El centralismo es atrofia democrática, como los discursos circunstanciales evidencian pequeñez.
Otros son los actores y hay diferencias en los matices y estilos. Pero en Santa Cruz se libra una batalla cada vez más intensa que compromete cada vez más su influencia política a nivel nacional. Es una réplica de las paradojas. Los líderes que hace algunos años estaban en un mismo frente y con una sola bandera, han sido absorbidos por la eliminación política del otro cruceño.
A fines de 2008, tras los resultados de ese periodo convulso, se produjo un distanciamiento entre los liderazgos de Santa Cruz. Se dispersaron y generaron confusión en las bases autonomistas.
Luego aquello se convirtió en una ruptura fortísima que afectó el discurso de la autonomía departamental. Esa demanda, que fue eje central de las relaciones entre dirigentes cruceños y el Gobierno entre 2006 y 2009, ha dejado de brillar. Hoy cada uno de los actores protagonistas se dedica a dos tareas: a la gestión como gobernador, alcalde, cívico u opositor, y a debilitar al otro cruceño.
El conflicto de 2008 provocó un ejercicio parecido a la retirada, aquella donde se curan las heridas y se busca un espacio para la reflexión y el balance. En este caso, los dirigentes cruceños de entonces coincidieron en una especie de acuerdo tácito: reforzar el ejercicio político regional para luego apuntar hacia el objetivo nacional.
Pero el tiempo se ha encargado de imponer otras prioridades y nuevas relaciones.
Santa Cruz dinamiza la economía con la fuerza de antes y con mayores estímulos. Ese vigor único la convierte en locomotora nacional y que aguarda el acuerdo necesario para hacer que la agenda productiva sea la de todos los bolivianos. Cuánta falta hace aquello.
Ya en el escenario de la política, los síntomas del enfrentamiento de los líderes deben ser afrontados con espíritu constructivo, democrático, amplio. Si se sienten afectados por centralismo, gran incoherencia sería que cada uno considere su visión de autonomía, como la única válida para la región. Eso parece ocurrir y si es así, será un enorme daño para la imprescindible y esperada influencia de Santa Cruz en el resto del país.
Grover Yapura es periodista.

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