martes, 17 de abril de 2012

Cinema komunisto y la yugonostalgia


Pablo Stefanoni




    “¿Qué hora es?” -pregunta un soldado en medio de los disparos del frente. “La hora de la revolución”, responde épico su compañero partisano en una de las centenas de películas made in Yugoslavia. Y ahí, con una música que acompañará a la perfección todo el filme, comienza el documental de Mila Turajlic (1979), que tiene estudios en Londres y Belgrado. 

    Es al mismo tiempo el making-of del cine yugoslavo, de la cinefilia de su líder máximo, Josif Broz Tito y de la construcción misma del país tras la Segunda Guerra Mundial, uniendo una serie de repúblicas históricamente enfrentadas en los Balcanes. 

    El documental logra un justo rescate de ciertos aspectos del “comunismo relajado” yugoslavo., en el que sus habitantes podían salir y entrar del país, pero sin caer en ningún momento en una apología nostálgica. 

    Al final de cuentas, el filme cuenta la historia de un país que ya sólo existe en las películas, donde pese a todo la vida era bastante feliz hasta que comenzaron a matarse entre sí serbios, croatas y bosnios, con responsabilidades variadas en la matanza. De hecho, el documental mezcla la ilusión de las películas filmadas en los estudios estatales con la gran ilusión del socialismo autogestionario yugoslavo. 

    Uno de los hallazgos del filme es la entrevista al proyectista privado del Mariscal, que cada noche debía llevarle una película a su casa. Así, resulta que el comunista más “soft” del bloque socialista -con sus trajes blancos y su pinta de tipo que disfrutaba la vida (y el poder)- compartía su cinefilia extrema con el más “hard” -y de apariencia amargada-: el fallecido norcoreano Kim Jong-il. 

    El proyectista era Leka Konstantinovic, que cuenta sus esfuerzos desesperados por conseguir cada noche una película diferente (y buena) para ver con el líder yugoslavo. Él era, además, el que difundía los chismes, en el mundo artístico, sobre los comentarios que Tito había hecho sobre cada actor y cada película nacional, preciosa información que, según los entrevistados, incidía en quiénes ganaban el prestigioso festival de Pula. Cada día anotaba el filme que había visto con Tito; en sus libretas figuran las más de 8.000 películas que exhibió en sus 32 años de trabajo. 

    Debido a la rápida ruptura con Stalin, el cine soviético dejó pronto de llegar a Belgrado, con lo que el país balcánico se abrió tempranamente al cine de Hollywood. Pero no solo fue eso. Tito promovió la construcción de la faraónica ciudad del cine (Avala Films Studios), donde se filmaron y produjeron unas 750 películas, inclusive varias superproducciones para la industria del cine occidental. Famosos actores de Hollywood llegaban a Yugoslavia para filmar, conocer -y elogiar- al mítico líder de los países no alineados. 

    En el documental de Mila Turajlic, los viejos actores muestran los vestuarios que usaron estrellas como Orson Welles y Sophia Loren, entre muchos otros. 

    Tito leía y corregía al detalle todos los guiones de las películas de guerra que involucraban a Yugoslavia: “Esta escena no es exacta”, “no fue así como realmente ocurrió”, dicen textos manuscritos encontrados por la documentalista en guiones de películas que no tenían nada que envidiar a Rambo. “A veces nos pasábamos”, dice casi risueño uno de los actores de esos filmes épicos: “y estábamos desde el principio hasta el final matando alemanes”. 

    Pero la obra máxima -para los directores y actores entrevistados- fue la superproducción Sutjeska, en el que por primera vez el Mariscal y héroe de la lucha antinazi apareció representado en un filme. Tito eligió personalmente a quien haría de él, el escogido fue Richard Burton. Y ahí, en el set, como bien observa la directora en una entrevista, se invirtieron los papeles: Burton es la estrella y el gran Mariscal parece un niño tímido haciéndole comentarios a la estrella del cine. 

    Un momento culminante de la filmación de otra superproducción -La batalla del río Neretva- , cuyo afiche publicitario fue dibujado por el propio Picasso, es cuando los productores deben decidirse a volar un enorme puente (para reconstruir una importante decisión militar de Tito en la guerra partisana). Era una escena que no podía volver a firmarse y el director asumió el riesgo y voló el puente. “Eso ni los estadounidenses lo habrían podido hacer... nosotros pudimos porque Tito dijo que podíamos”, recuerda un actor. Es que el Presidente ponía los recursos necesarios para hacer películas sin restricciones e inclusive el Ejército proveía armas y material bélico. Además, la industria del cine era una buena fuente de divisas para la economía yugoslava. 

    Hoy hay una difusa pero poderosa “titonostalgia” -quizás más cultural que político-partidaria-, el “concepto titista” inspira cafés y restaurantes y la marca Tito devino un producto de marketing como el Che Guevara. Hasta existe una Yugoslavia virtual en la web que incluso emite “pasaportes”.

    Métafora final: en el lugar de Avala Films se proyecta construir un complejo de negocios de la nueva élite. “Las ruinas de estos estudios son nuestra tragedia”, termina la directora en la entrevista citada. “Milósevic borró a Tito, los demócratas borraron a Milósevic, siempre estamos destruyendo para volver a empezar de cero”. 


    Pablo Stefanoni es periodista.

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