Rafael Puente
- No digo que debamos copiar el modelo cubano -no debemos copiar ningún modelo, sino construir el nuestro-, pero sí debemos aprender de las experiencias positivas habidas en otros países, y en el caso de Cuba es evidente que la gran lección a aprender es la que tiene que ver con la salud, entendida ante todo como un derecho de toda la población, y por tanto como un servicio que no puede tener precio, y como la tarea central del Estado; ése es el mensaje que la misión médica cubana viene distribuyendo entre nuestra población -sin contar el beneficio inmediato de millones de atenciones y operaciones que vienen beneficiando a nuestros sectores más necesitados-, un mensaje que tiene un contenido político de consecuencias irreversibles, como dijo en su momento Javier Campero Paz (entonces jefe nacional del MNR), y del que él deducía que “tenemos Evo para rato”.
¿Y por casa cómo andamos? Para empezar la salud es cara -incluso en los hospitales públicos- cuando no es un lujo que sólo pueden pagarse los sectores pudientes. Cierto que existe la medicina tradicional, con su respectivo cuerpo de médicos, yatiris y comadronas, que juegan un papel muy importante, pero en ningún caso suficiente. Los hospitales están atestados, las medicinas hay que comprarlas, y en muchos casos los y las pacientes están ante la alternativa de endeudarse para acudir a centros de salud privados, o irse preparando a morir.
Y encima ahora el país se encuentra convulsionado porque el gremio de los médicos protagoniza una huelga movilizada en defensa de su derecho a trabajar menos que el resto de la gente. Otra cosa sería que todas y todos lucháramos para incorporar en la Constitución la jornada laboral de seis horas como un derecho universal (que respondería al hecho de que el empleo existente debe repartirse entre todas las personas en edad de trabajar). Pero no, al cuerpo médico sólo le preocupa su sector, y es sólo para él que exige esa jornada de seis horas, que en el contexto nacional actual equivale a tremendo privilegio. ¿O no lo es en un país donde la mayor parte de la población trabaja normalmente mucho más de ocho horas, empezando por los funcionarios públicos y terminando con los trabajadores y trabajadoras por cuenta propia?
- Con excepción de los maestros y maestras, que sólo trabajan cinco horas'
- No nos metamos ahora con el magisterio, donde los bajos salarios fuerzan a la mayoría a trabajar en dos y hasta tres turnos. En perjuicio de los y las estudiantes' Puede ser, pero ahora estamos hablando de la huelga médica.
Arguyen sus protagonistas que, precisamente en beneficio de los y las pacientes, un médico tiene que estar descansado; pero sabemos que la gran mayoría de médicos que trabajan seis horas en hospitales públicos luego se van a sus consultorios y clínicas privadas y siguen trabajando -y cobrando- sin que parezca importarles mucho lo de estar descansados (¡en beneficio de los y las pacientes!).
Lo que ocurre es que aquí estamos acostumbrados a que la salud no sea un derecho sino una mercancía. Afortunadamente hay numerosas y saludables excepciones de médicos y médicas con auténtica vocación, pero la tónica es que la salud está al servicio del gremio, y no el gremio al servicio de la salud.
¿Que todos los trabajadores en salud deberían estar incluidos en la Ley General del Trabajo? Eso sí parece coherente, pero no tiene por qué ser condición para que la jornada laboral sea la de ocho horas.
Una cosa más. Alguien ha hecho circular por internet una nota que pretende descalificar al actual ministro de Salud porque no tiene título en provisión nacional. ¿Y qué? ¿Desde cuándo los títulos en provisión nacional garantizan eficiencia y responsabilidad? Ésas son las dos cualidades que habría que exigirle a un ministro, y hasta hoy no hay fundamento para negar que el actual ministro las tenga. Ojalá que la decisión con que está enfrentando este conflicto la pueda aplicar también a la urgente reforma del sistema nacional de Salud.
Rafael Puente es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio de Cochabamba.

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